La segunda vida de los templos Qué hizo la Unión Soviética con las iglesias que cerró
Antes de la Revolución de 1917, Rusia tenía más de 54.000 iglesias en funcionamiento. Para finales de la era soviética, quedaban menos de 7.000. ¿Qué pasó con las demás? Algunas fueron demolidas. Pero muchas otras tuvieron una segunda vida — a veces digna, a veces absurda, casi siempre sorprendente.
Museos, planetarios y estudios de grabación
Los edificios más importantes fueron museos. El Templo de Vasili Blazheni, en la Plaza Roja, se convirtió en museo histórico-arquitectónico. El Monasterio Novodevichy albergó primero el Museo de la Emancipación de la Mujer y luego una filial del Museo Histórico. La iglesia de la Virgen de la Alegría de los Afligidos pasó a ser depósito de reserva de la Galería Tretiakov. Paradójicamente, eso la salvó: los empleados del museo cuidaron los frescos e interiores con tanto esmero que fue una de las primeras iglesias devueltas al culto después de la guerra. Otros usos fueron más inesperados. La única iglesia anglicana de Moscú se convirtió en estudio de grabación de la firma Melodiya: la acústica del templo era perfecta para registrar orquestas sinfónicas. En Vladímir, la iglesia de San Nicolás del Kremlin tiene desde 1962 un planetario adentro: la cúpula del templo resultó ideal para proyectar estrellas. Funciona hasta hoy. En San Petersburgo, una iglesia ortodoxa de rito antiguo alberga desde entonces el Museo del Ártico y la Antártida. Trineos, trajes de exploración y mapas de hielo eterno bajo las cúpulas del siglo XIX. En Moscú, los talleres del estudio Soyuzmultfilm — donde trabajaron los creadores de El erizo en la niebla — ocuparon durante décadas una iglesia del siglo XVI.
Piscinas, patines y gimnasios
El caso más famoso es el del Templo de Cristo Salvador. El mayor templo de Rusia fue demolido en 1931. Stalin quería construir en su lugar el Palacio de los Soviets, una torre que superaría al Empire State. Las obras empezaron, la guerra las interrumpió, y el enorme hueco del cimiento se llenó de agua subterránea. La solución soviética fue hacer una piscina. La piscina Moskva estuvo abierta desde 1960 hasta 1994, todo el año, incluso en pleno invierno. En la actualidad, el templo fue reconstruido y hoy vuelve a ocupar su lugar como uno de los principales símbolos de Moscú. En San Petersburgo, la iglesia luterana de Santa Catalina — un elegante edificio neoclásico en la avenida Nevski — fue convertida en pista de patinaje sobre hielo. Los patinadores hacían sus piruetas bajo las bóvedas de un templo del siglo XVIII. El templo budista de la ciudad tuvo un destino más prosaico: gimnasio primero, estación de radio después.
Crematórios, cárceles y viviendas
Un templo del siglo XX en el cementerio Donskói de Moscú fue transformado en el primer crematorio de la URSS, inaugurado en 1927. El arquitecto constructivista Dmitri Ósipov mantuvo la estructura del edificio pero reemplazó el campanario con un paralelepípedo de concreto. La idea de la cremación era presentada como científica y progresista; los periódicos publicaban artículos entusiastas sobre el tema. Los monasterios, con sus muros altos y sus celdas individuales, fueron reconvertidos en cárceles y campos del Gulag. Muchos conventos pasaron a ser cuarteles. El templo del Monasterio Novospasski, en Moscú, tuvo uno de los usos más llamativos: cárcel y, al mismo tiempo, el lugar donde la policía llevaba a los borrachos a dormirse. Hubo también iglesias divididas en apartamentos comunales. Las naves principales, con sus techos altísimos, eran cortadas horizontalmente con entrepisos de madera o concreto para crear dos o tres plantas de vivienda. Familias enteras vivieron durante décadas en lo que había sido un presbiterio o una sacristía. En Kiev, la gran sinagoga de Brodski fue convertida en el primer cine panorámico de la URSS: la sala de oración se transformó en sala de butacas para 540 personas, con tres proyectores que cubrían una pantalla curva. La comunidad judía intentó recuperar el edificio durante décadas, sin éxito.
Las Casas de Cultura
La reconversión más frecuente y más simbólica fue la de iglesias en Casas de Cultura o clubes de pioneros. El paralelismo era demasiado evidente para ser casualidad: la Casa de Cultura soviética cumplía exactamente la misma función social que el templo — reunión comunitaria, celebración colectiva, transmisión de valores — solo que con otros contenidos.
Lo que el ateísmo, sin querer, salvó
Mirado desde hoy, el balance es contradictorio. La política soviética destruyó miles de iglesias de valor histórico e impuso usos incompatibles con la dignidad de esos espacios. Pero también conservó, involuntariamente, algunas de las obras más importantes del arte ruso. Los templos que funcionaron como museos llegaron al siglo XXI en mejor estado que muchos de los que permanecieron en manos de la Iglesia. Los restauradores soviéticos, formados en una tradición científica rigurosa, cuidaron con extraordinario rigor los interiores, los frescos y los íconos.
Actualidad
Desde los años noventa, el Estado ruso viene devolviendo edificios y obras a la Iglesia Ortodoxa. En muchos casos, eso fue una reparación necesaria. Pero en otros genera una tensión nueva. La Trinidad de Andréi Rubliov — pintada alrededor de 1410, una de las obras maestras del arte cristiano universal— se conserva en la Galería Tretiakov bajo temperatura y humedad controladas. La Virgen de Vladímir, un ícono del siglo XII traído de Bizancio, está en condiciones similares en el Museo de Vladímir. La Iglesia reclama ambas piezas para que puedan ser veneradas en un espacio de culto activo. El argumento religioso es comprensible: estos objetos no fueron creados para una vitrina. Pero los conservadores son tajantes: trasladarlos a un templo con velas, incienso y fluctuaciones de temperatura equivale, a mediano plazo, a su destrucción. Una tabla de madera de seiscientos años no sobrevive esas condiciones.
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